Me gustan las carreras de motos en todas sus categorías, pero con las que más disfruto es con las de aficionados. Los grandes premios, el mundial de motocross, los ISDE, etc. son bellísimas pruebas donde los mejores del mundo demuestran lo mucho que valen. Ellos hacen parecer fácil lo que es dificilísimo. Lo dificilísimo es todo lo que llevan detrás, el sacrificio de los aspirantes a campeones, o bien de las personas que toman parte en competiciones oficiales sin más recompensa que probarse a sí mismas. Madrugones, sinsabores, dinero invertido a fondo perdido, sudor, lágrimas, alegrías, compañerismo, risas... lo mismo que en las carreras de categorías superiores, pero con los espectadores y los protagonistas bastante más mezclados.
Hace muy poco tuve el privilegio de vivir muy de cerca una prueba de resistencia de 24 H sobre tierra, las míticas 24 H de Moià, que se disputan en el precioso Circuit Verd del pueblo barcelonés de Moià. Por primera vez tomaba parte en la prueba un equipo compuesto por mujeres. Fue muy emocionante verlas en una parrilla compuesta por equipos de hombres, y fue muy emocionante la llegada. Pudieron acabar cuando pocos apostaban por su logro. Después de la épica, una historia pequeñita.
Una de las integrantes del equipo, Rosa, habitual campeona de la Baja Aragón en la categoría de Damas, llevó consigo a su hijita de ocho años y la moto infantil con la que la niña juega con los demás chiquillos mientras su madre compite.
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